por Domingo Cavallo
(publicado en www.cavallo.com.ar)
Primera nota:
En esta primera nota voy a tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cómo evolucionará la economía global en las próximas décadas?
Hay gente que piensa que la crisis global que arrancó con el colapso del mercado de las hipotecas “sub-prime” en los EEUU, en el verano boreal de 2007, significa que el proceso de globalización de la economía se está agotando. En mi opinión, están equivocados. El proceso de globalización, lejos de debilitarse, está saliendo fortalecido.
Lo que ha quedado debilitado es el crecimiento económico en las economías más desarrolladas porque se combinan dos tipos de problemas: uno financiero y uno real. El financiero es que muchas familias y empresas y, crecientemente, muchos gobiernos nacionales y locales, se han sobre-endeudado o están en proceso de encontrar fuertes límites a la posibilidad de seguir financiando déficits con endeudamiento.
El problema real es que, como productores de bienes y servicios, enfrentan competencia creciente de la producción originada en las economías emergentes y no pueden sostener el elevado nivel de ingresos que alcanzaron sus trabajadores ni los onerosos sistemas de seguridad social que crearon en las épocas de bonanza.
El problema financiero tardará en resolverse, pero será superado, porque los países desarrollados, en última instancia podrán saldar sus deudas con emisión monetaria: emisión de dólares, emisión de euros o emisión de yenes. En el proceso seguirá habiendo quiebras de algunos intermediarios financieros, las tasas de interés manejadas por los bancos centrales seguirán siendo bajas por mucho tiempo y, eventualmente, habrá inflación moderada, 4 o 5 % anual, que producirá tasas de interés negativas y licuará gradualmente las deudas.
El problema real se superará por emigración de trabajadores, por avances científicos y tecnológicos originados en sus universidades, centros de investigación y departamentos de investigación y desarrollo de sus empresas y por los servicios de administración de empresas tecnológicas que difundan sus avances en todos los rincones del mundo.
Muchos de los trabajadores de los países en desarrollo que en el pasado emigraron desde sus países a Europa o a los Estados Unidos, regresarán a sus lugares de origen o rumbearán hacia otros países en proceso de desarrollo que demanden su experiencia y sus servicios. Incluso muchos jóvenes emprendedores y bien entrenados en las universidades americanas y europeas buscarán nuevos horizontes en los países en desarrollo que ofrezcan buenas oportunidades de empleo calificado. Se dará, en fin, un proceso migratorio muy diferente al que predominó en las cuatro o cinco últimas décadas.
En los Estados Unidos y en Europa se intensificará la actividad universitaria de alto nivel, contarán con más recursos sus centros de investigación y las empresas invertirán cada vez más en investigación y desarrollo, así como en la prestación de servicios de alta calidad, particularmente relacionados con el cuidado de la salud y la tercera edad. El ingreso real de quienes trabajen en estas actividades irá mejorando, no sólo en términos relativos frente al ingreso real de quienes continúen trabajando en sectores más tradicionales con menos ingrediente de conocimiento y más competencia externa, sino también en términos absolutos.
En cualquier caso, el ritmo de crecimiento de estas economías avanzadas será bastante más lento que lo que fue en el pasado y, es posible, que muestren síntomas de estancamiento por muchos años, tal como ocurrió con Japón desde 1990 en adelante. Sólo recuperarán un ritmo mayor de crecimiento en la medida que los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos generados por sus universidades, centros de investigación y departamentos de investigación y desarrollo de sus empresas logren empujar significativamente la frontera tecnológica para la economía global. Allí reside su única ventaja comparativa frente a una gran cantidad de países emergentes que están aprendiendo a utilizar las tecnologías disponibles para aprovechar cada vez más eficientemente sus recursos humanos y materiales y que cuentan con los ahorros necesarios para financiar altos niveles de inversión modernizadora de sus economías nacionales.
A pesar de esta tendencia al estancamiento de las economías avanzadas, la economía global seguirá creciendo a un ritmo no muy diferente al de la última década porque el rápido crecimiento de China y los tigres asiáticos se irá observando también en la mayor parte de las economías emergentes de América Latina, Asia, Europa Oriental y África. Este crecimiento no será liderado ni por la sustitución de importaciones ni por la promoción artificial de sus exportaciones sino por el proceso de inversión e incorporación de tecnología que permitirá importantes aumentos de productividad y del empleo para satisfacer las crecientes demandas internas de las respectivas economías.
El comercio externo entre las economías en desarrollo aumentará mucho como consecuencia de la necesidad de aprovisionamiento eficiente de insumos y partes y también por las ganancias para los consumidores que se derivarán de la competencia no sólo interna sino también internacional. Como el motor más importante del crecimiento del comercio será la economía china y ésta comenzó a expandirse cuando decidió abrirse al mundo y aprovechar la tecnología disponible en el mundo desarrollado, su política comercial externa apuntará a negociar bilateralmente y, eventualmente, en forma multilateral, un comercio internacional cada vez más libre de trabas cuantitativas y arancelarias.
Los países pequeños y medianos que opten por encerrarse sobre sí mismos se verán perjudicados porque perderán acceso a los mercados más dinámicos. Por eso sostengo que prevalecerán las estrategias nacionales de desarrollo basadas en la inversión eficiente y la incorporación de tecnologías avanzadas y no en la sustitución de importaciones o en la promoción artificial de exportaciones. La clave para el crecimiento será disponer de fuentes de financiamiento para esta inversión eficiente. Los países con baja tasa de ahorro interno deberán hacerse elegibles para la entrada de ahorros procedentes del exterior.
La disminución de oportunidades de aplicación de los recursos financieros que los bancos y fondos de inversión encontrarán en los países desarrollados debido al menor dinamismo de su economías y al elevado endeudamiento de sus familias, empresas y gobiernos, impulsará a los intermediarios financieros globales a buscar oportunidades de aplicación de sus fondos en el mundo en desarrollo. Los países que creen un buen clima de negocios y provean seguridad jurídica a los capitales que se inviertan en sus respectivas economías no tendrán dificultades para financiar altas tasas de inversión.
Los mercados de bienes y servicios de los países desarrollados tendrán poca expansión, pero el comercio entre estos y los países en desarrollo continuará aumentando a partir de la exportación de servicios tecnológicos intensivos en conocimiento, desde los países avanzados, e importación de manufacturas y servicios intensivos en mano de obra, procedente de los países en desarrollo. Se intensificará la prestación de servicios financieros y de mercado de capitales desde las economías financieramente más sofisticadas hacia las economías emergentes, en particular hacia aquellas que se mantengan financieramente abiertas y consigan estabilidad monetaria y seguridad jurídica.
En mi próxima nota voy a tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cómo se prepara Argentina para esta próxima etapa de la economía global?
Segunda nota:
Durante los últimos ocho años de la década que está finalizando, el proceso de globalización significó para la Argentina una muy fuerte demanda para sus productos de exportación, lo que permitió que su economía se pudiera recuperar de la fuerte recesión del período 1998-2002. Esta recuperación no habría sido posible si Argentina no hubiera llegado muy bien preparada por el lado de su capacidad productiva.
La inversión elevada y eficiente de los años 90 permitió un fuerte aumento de la productividad tanto en la agricultura como en las actividades de la industria manufacturera. Las inversiones en energía, transportes y comunicaciones removieron los cuellos de botella que hacia fines de los 80s habían restringido grandemente la producción y deteriorado los niveles de productividad.
Las inversiones en agricultura y en las industrias proveedoras de insumos y elaboradoras de sus productos permitieron la introducción de cambios tecnológicos que produjeron un importante aumento de los rendimientos y de la producción primaria y agroindustrial.
También en las industrias pesada y manufacturera, incluida la industria automotriz, se realizaron durante la década de los 90s inversiones modernizadoras que crearon la capacidad productiva que permitió atender la fuerte expansión de la demanda externa e interna de los últimos ocho años.
El elevado endeudamiento de empresas, familias y gobiernos locales que llevó a la crisis financiera de 2001 y la pesificación seguida de fuerte devaluación monetaria de 2002, si bien llevaron a que la economía argentina se quedara sin crédito a lo largo de la década, por varios años no constituyó en un factor inhibidor del aprovechamiento de la favorables condiciones externas. La falta de crédito fue reemplazada por la generación de ingresos internos en las actividades beneficiadas por el mejoramiento de los términos del intercambio externo y por el rezago con que los salarios y los precios de muchos insumos terminaron acompañando el aumento de los precios de venta de los productos. Pero este fenómeno está totalmente agotado y si la Argentina no recupera pronto el crédito, este factor se transformará en un fuerte hándicap para el crecimiento futuro de su economía.
Hacia el futuro la Argentina aparece mucho peor preparada para aprovechar las buenas perspectivas de la economía global que lo que lo estuvo para aprovechar las oportunidades que se abrieron desde 2003 en adelante. Las razones de este peor posicionamiento son varias.
En primer lugar ya se han agotado las reservas de capacidad productiva que se habían acumulado durante la década de los 90s. La falta de inversión, sumada a la muy baja eficiencia de la poca inversión que se realizó en los sectores de la energía está llevando a escasez de combustibles básicos (gas y petróleo) y de generación eléctrica. La infraestructura de transporte y el equipamiento en material rodante también se ha deteriorado. En la agricultura y en la industria manufacturera sólo ha existido inversión de mantenimiento y de expansión marginal de la capacidad productiva, pero no ha habido un proceso de creación de nueva capacidad productiva ni de incorporación masiva de tecnologías más avanzadas. En ganadería, como en los sectores de la energía hubo una clara disminución de la capacidad productiva que llevará varios años superar, aún con fuertes incentivos como los que aportan los precios actuales de la carne.
La apertura económica que en la década de los 90s preparó a la economía argentina para aprovechar la expansión de la economía global se fue revirtiendo a lo largo de la última década. Hoy la economía argentina tiene la típica política comercial externa de los países que aún confían en la estrategia de crecimiento basada en la sustitución de importaciones y en la fuerte protección a las actividades orientadas a satisfacer la demanda interna de bienes y servicios. Predominan las restricciones cuantitativas y arancelarias a las importaciones y también se aplican fuertes gravámenes, e incluso prohibiciones, a las exportaciones. Argentina, lejos de negociar más tratados de libre comercio bilaterales, como lo han hecho Chile, Perú, Colombia y México, entre otros, ha violado los acuerdos regionales con sus vecinos del Mercosur y se ha desentendido totalmente de cualquier contribución al avance de las negociaciones comerciales multilaterales. En este sentido la actitud de nuestro país contrasta desfavorablemente con la de Brasil, país que tampoco avanzó con negociaciones bilaterales, pero que tuvo una actitud muy activa de defender los arreglos regionales y bregar por la apertura de los mercados en el plano multilateral.
La política comercial hacia China, la economía emergente que claramente liderará el proceso de expansión global en las próximas décadas, ha sido particularmente equivocada. Argentina asumió una clara actitud defensiva, imponiendo fuertes restricciones a la importación de productos chinos en los que esa economía tiene claras ventajas comparativas. Como consecuencia de ello China ha retaliado con restricciones a la importación de aceites vegetales. Nuestra política comercial externa en relación al gigante asiático ha sido opuesta a la de Chile. El país trasandino fue el primero en negociar un tratado bilateral de libre comercio con China y ha logrado que aquel gran mercado esté plenamente abierto a sus exportaciones. Muchos países están tratando de imitar la estrategia chilena en relación a la economía china. Nosotros hacemos exactamente lo opuesto.
En la economía global del futuro, el comercio entre los países emergentes será crecientemente más importante que entre ellos y el mundo desarrollado, salvo en el rubro de las nuevas tecnologías y los servicios intensivos en conocimiento. Las economías emergentes, en la competencia entre ellas, no podrán hacer valer fuertes diferencias en los niveles de remuneración al trabajo no calificado, porque casi todas ellas tienen fuertes “ejércitos de reservas” en sus sectores tradicionales o en sus respectivas economías informales. Será crucial el nivel de productividad de los factores de la producción que alcancen cada una, como complemento a las ventajas comparativas que se deriven de sus respectivos recursos naturales y del aprovechamiento que cada una de esas economías sea capaz de hacer de sus recursos humanos más calificados. Lamentablemente, en esta carrera competitiva, las políticas de la última década también están poniendo a nuestra economía en una situación muy desfavorable.
Argentina está perdiendo rápidamente competitividad, no por apreciación artificial de su moneda sino por falta de inversión modernizadora de los procesos productivos, por distorsiones en la estructura de precios relativos y por crecientes ineficiencias en los servicios de infraestructura. Muchos de los recursos humanos más capacitados, en particular aquellos jóvenes, con capacidad organizativa y generadores de nuevos negocios, buscan oportunidades en el exterior porque el clima de inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego futuras desalientan los emprendimientos que podrían llevar a cabo en el país.
La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego del futuro tienen su manifestación más elocuente en el proceso inflacionario. En un mundo en el que la inflación ha prácticamente desaparecido, que Argentina sufra una inflación anual del 25 al 30 % aún cuando mantiene congelados y subsidiados muchos precios de bienes y servicios públicos es una suerte de preanuncio de cambios futuros en las políticas monetarias y fiscales, que, aún cuando estuvieran bien direccionados, impondrán costos económicos y sociales que los poderes corporativos tratarán de hacer soportar a los sectores menos organizados de la sociedad. Es prácticamente imposible predecir cuánto tiempo (y con qué distribución de costos y beneficios) demandará un proceso exitoso de reestablecimiento de la estabilidad monetaria y de precios.
La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre las reglas de juego futuro explican que Argentina haya quedado muy rezagada, en comparación con sus vecinos en materia de inversión extranjera directa y que la acumulación de ahorros de los argentinos, en la última década, se haya producido predominantemente en el exterior. Sin inversión extranjera directa y sin retorno de los ahorros argentinos que están en el exterior, será imposible financiar la inversión eficiente que demandaría un aprovechamiento eficiente de las oportunidades que ofrecerá la economía global en las próximas décadas.
La economía global seguirá en expansión, como lo estuvo durante la primera década de los 2000, pero, lamentablemente, Argentina está ahora mal preparada para insertarse con eficacia en esta economía global cuya expansión estará motorizada por las economías emergentes más que por el mundo desarrollado. En este sentido la herencia de los 2000 será mucho menos favorable al aprovechamiento de la bonanza global que lo que fue la herencia de los 90s.
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11 ago 2010
4 dic 2009
CONSENSO PARA EL PROGRESO
por Domingo Cavallo
(publicado en La Nación, Dic 4, 2009)
La experiencia del último cuarto de siglo me ha convencido de que el principal problema de la Argentina del Bicentenario es la falta de progreso. Una nación no progresa si las crisis inevitables que siguen a los períodos de crecimiento conducen a formas retrógradas de organización política, económica y social.
En la década del 90 crecimos a buen ritmo durante un período de ocho años, con una sola interrupción corta en el año de la crisis mexicana. Luego vivimos una larga crisis propia que duró cuatro años. Desde 2003 en adelante, de acuerdo con las estadísticas oficiales, el PBI creció a tasas chinas por un período más largo que en cualquier otro momento de nuestra historia. Sin embargo, hoy, cuando la crisis global nos ha afectado mucho menos que a otras naciones, entre la mayoría de los argentinos reinan la desazón y la desesperanza, mientras que en aquellas otras naciones hay entusiasmo y optimismo. La diferencia está, precisamente, en que en aquéllas hay progreso, mientras que en nuestra nación hay regresión institucional y desconcierto.
En 1910, cuando conmemoró el Centenario, la Argentina integraba junto con los Estados Unidos, Canadá y Australia el conjunto de las naciones que mejor habían aprovechado las oportunidades de progreso que aparecieron durante el proceso de globalización económica liderado, en esa época, por Gran Bretaña.
En triste contraste, en vísperas del Bicentenario la Argentina figura entre las naciones que peor han aprovechado las oportunidades de progreso emergentes del proceso de globalización liderado por los Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Europa Occidental, Japón, Canadá y Australia, desde los 50; Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, desde los 60; China y Chile, desde fines de los 70; la India, el resto de los países asiáticos, los países de Europa Central y Oriental, Brasil, México, Colombia y Perú, desde los 90, tuvieron, por lejos, un desempeño muy superior al de nuestro país.
Si queremos que el tercer siglo de nuestra vida como nación nos vuelva a ubicar entre aquellas capaces de aprovechar con éxito las oportunidades de progreso que ofrecerá la evolución futura del mundo, es muy importante descubrir cuáles fueron las razones del éxito en el primer siglo y del fracaso en el segundo.
Hasta hace doscientos años las condiciones de vida de la población mundial habían cambiado muy lentamente. El progreso económico y social mucho más rápido que se observó durante los dos últimos siglos tuvo como motor la innovación tecnológica, que comenzó con la denominada revolución industrial en Gran Bretaña y se aceleró con el desarrollo científico y tecnológico que lideraron las universidades y centros de investigación científica en interacción con las empresas pioneras, creadas por inventores geniales o que invirtieron tempranamente en investigación y desarrollo. Pero la mayor velocidad con que se difundieron estas innovaciones se debió al fenómeno de la globalización.
Los procesos de globalización, caracterizados por fluidos movimientos de información, personas y capitales, permitieron que la innovación tecnológica cruzara las fronteras y se implementara no sólo en las economías que las originaban, sino también en todas aquellas en las que se crearon condiciones favorables para la inversión en capital físico y humano, ingredientes indispensables para hacer posible la adopción de las tecnologías más avanzadas en todos los órdenes de la vida económica y social. Las guerras y las crisis económicas y financieras significaron pausas y retrocesos, pero la humanidad siguió progresando tan pronto se restableció la paz y se superaron las crisis.
Durante la segunda mitad de nuestro primer siglo de vida, la organización nacional, inspirada por Alberdi e instrumentada por Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca y los estadistas que los sucedieron, abrió nuestra joven nación a las personas y capitales que buscaban nuevos espacios económicos y sociales para afincarse y desarrollarse. Con ellos llegaron las tecnologías que se sumaron a las creadas en nuestras incipientes universidades, escuelas técnicas y establecimientos agropecuarios e industriales. El énfasis puesto en la educación popular y el clima de libertad y de respeto a la ley que se fue acentuando con el paso de las décadas permitieron un ritmo de progreso que, hacia nuestro Centenario, provocaba la admiración del mundo.
En claro contraste con esta experiencia exitosa, cuando comenzaron a prevalecer ideas aislacionistas y antiliberales contrarias al espíritu de la Constitución nacional, desde la década del 30, la sociedad argentina comenzó a quedar rezagada con respecto a las de muchas otras naciones que modernizaron a ritmo rápido sus estructuras productivas y perfeccionaron sus instituciones sociales. En otros términos: nuestras mentes y nuestras fronteras se cerraron al influjo de las corrientes de pensamiento e innovaciones tecnológicas que hicieron progresar al mundo. Al mismo tiempo, la falta de competencia y estímulos fue adormeciendo el espíritu creador y emprendedor de nuestros jóvenes.
Las dos últimas décadas volvieron a repetir casi como un espejo embrujado este repliegue de la historia de los dos primeros siglos de nuestra vida como nación. Durante la década del 90 comenzamos a revertir nuestro aislamiento internacional y creamos condiciones para que la inversión interna y externa permitiera un rápido proceso de modernización de nuestras estructuras productivas. La buena relación de la Argentina con el mundo y el respeto de las normas internacionales rindieron sus frutos no sólo en términos de crecimiento económico y erradicación de la inflación, sino también en términos políticos. La Argentina ingresó en el Grupo de los 20, un ámbito de coordinación entre los gobiernos de las naciones para asegurar que la globalización permita acentuar el progreso y supere las crisis inevitables.
El rezago de las reformas sociales y políticas que hubieran sido necesarias para encontrar soluciones superadoras a la crisis económica que se inició en 1999, cuando nuestro país tuvo que soportar condiciones externas muy desfavorables y comenzaron a sentirse los efectos de la insuficiente disciplina fiscal y el excesivo endeudamiento, determinó que la salida de la crisis se lograra, en 2003, con una reversión del proceso de apertura hacia el mundo y el abandono de las reglas que habían favorecido a la inversión modernizadora de la economía en la década anterior.
Esta regresión no se dio en otros países. Sin ir mas lejos, Brasil, México, Colombia, Perú y Uruguay, que por la misma época habían comenzado a abrir sus economías y a introducir reformas económicas y sociales en la misma dirección, sufrieron crisis no muy diferentes de la nuestra, pero mantuvieron su compromiso con las normas que regulan las relaciones entre naciones y, lejos de revertir, perfeccionaron el clima favorable a la inversión modernizadora.
Esta diferente reacción frente a las dificultades que casi siempre enfrentan los procesos nacionales de apertura y modernización explica la gran diferencia que existe hoy en el estado de ánimo de los ciudadanos de estos dos grupos de naciones. Mientras en Brasil, México, Colombia, Perú y Uruguay reinan el optimismo y la esperanza de un futuro mejor, en la Argentina cunden el pesimismo y la desesperanza.
Resulta paradójico que en casi todos aquellos países el efecto negativo de la crisis global iniciada en los Estados Unidos en 2008 fue mucho más fuerte que en la Argentina y, sin embargo, ahora que ha comenzado la recuperación de la economía global, los países que se mantuvieron abiertos y con reglas amistosas hacia la inversión avizoran nuevamente un futuro de progreso, mientras que en nuestro caso ocurre lo contrario. Se manifiesta un angustiante estado de desorganización económica y social, al que se suma el evidente desafecto y desinterés de naciones y organizaciones que antes nos buscaban como socios o aliados y ahora, cuanto menos, nos ignoran. Hasta se han escuchado opiniones que objetan nuestra silla en el Grupo de los 20.
Doscientos años de historia, rica en contrastes y experiencias de todo tipo y susceptible de ser comparada con la de muchas naciones que enfrentaron desafíos semejantes, deberían ser suficientes para ayudarnos a identificar el camino que puede devolver progreso para nuestro pueblo y el respeto y la amistad del resto del mundo.
(publicado en La Nación, Dic 4, 2009)
La experiencia del último cuarto de siglo me ha convencido de que el principal problema de la Argentina del Bicentenario es la falta de progreso. Una nación no progresa si las crisis inevitables que siguen a los períodos de crecimiento conducen a formas retrógradas de organización política, económica y social.
En la década del 90 crecimos a buen ritmo durante un período de ocho años, con una sola interrupción corta en el año de la crisis mexicana. Luego vivimos una larga crisis propia que duró cuatro años. Desde 2003 en adelante, de acuerdo con las estadísticas oficiales, el PBI creció a tasas chinas por un período más largo que en cualquier otro momento de nuestra historia. Sin embargo, hoy, cuando la crisis global nos ha afectado mucho menos que a otras naciones, entre la mayoría de los argentinos reinan la desazón y la desesperanza, mientras que en aquellas otras naciones hay entusiasmo y optimismo. La diferencia está, precisamente, en que en aquéllas hay progreso, mientras que en nuestra nación hay regresión institucional y desconcierto.
En 1910, cuando conmemoró el Centenario, la Argentina integraba junto con los Estados Unidos, Canadá y Australia el conjunto de las naciones que mejor habían aprovechado las oportunidades de progreso que aparecieron durante el proceso de globalización económica liderado, en esa época, por Gran Bretaña.
En triste contraste, en vísperas del Bicentenario la Argentina figura entre las naciones que peor han aprovechado las oportunidades de progreso emergentes del proceso de globalización liderado por los Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Europa Occidental, Japón, Canadá y Australia, desde los 50; Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong, desde los 60; China y Chile, desde fines de los 70; la India, el resto de los países asiáticos, los países de Europa Central y Oriental, Brasil, México, Colombia y Perú, desde los 90, tuvieron, por lejos, un desempeño muy superior al de nuestro país.
Si queremos que el tercer siglo de nuestra vida como nación nos vuelva a ubicar entre aquellas capaces de aprovechar con éxito las oportunidades de progreso que ofrecerá la evolución futura del mundo, es muy importante descubrir cuáles fueron las razones del éxito en el primer siglo y del fracaso en el segundo.
Hasta hace doscientos años las condiciones de vida de la población mundial habían cambiado muy lentamente. El progreso económico y social mucho más rápido que se observó durante los dos últimos siglos tuvo como motor la innovación tecnológica, que comenzó con la denominada revolución industrial en Gran Bretaña y se aceleró con el desarrollo científico y tecnológico que lideraron las universidades y centros de investigación científica en interacción con las empresas pioneras, creadas por inventores geniales o que invirtieron tempranamente en investigación y desarrollo. Pero la mayor velocidad con que se difundieron estas innovaciones se debió al fenómeno de la globalización.
Los procesos de globalización, caracterizados por fluidos movimientos de información, personas y capitales, permitieron que la innovación tecnológica cruzara las fronteras y se implementara no sólo en las economías que las originaban, sino también en todas aquellas en las que se crearon condiciones favorables para la inversión en capital físico y humano, ingredientes indispensables para hacer posible la adopción de las tecnologías más avanzadas en todos los órdenes de la vida económica y social. Las guerras y las crisis económicas y financieras significaron pausas y retrocesos, pero la humanidad siguió progresando tan pronto se restableció la paz y se superaron las crisis.
Durante la segunda mitad de nuestro primer siglo de vida, la organización nacional, inspirada por Alberdi e instrumentada por Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca y los estadistas que los sucedieron, abrió nuestra joven nación a las personas y capitales que buscaban nuevos espacios económicos y sociales para afincarse y desarrollarse. Con ellos llegaron las tecnologías que se sumaron a las creadas en nuestras incipientes universidades, escuelas técnicas y establecimientos agropecuarios e industriales. El énfasis puesto en la educación popular y el clima de libertad y de respeto a la ley que se fue acentuando con el paso de las décadas permitieron un ritmo de progreso que, hacia nuestro Centenario, provocaba la admiración del mundo.
En claro contraste con esta experiencia exitosa, cuando comenzaron a prevalecer ideas aislacionistas y antiliberales contrarias al espíritu de la Constitución nacional, desde la década del 30, la sociedad argentina comenzó a quedar rezagada con respecto a las de muchas otras naciones que modernizaron a ritmo rápido sus estructuras productivas y perfeccionaron sus instituciones sociales. En otros términos: nuestras mentes y nuestras fronteras se cerraron al influjo de las corrientes de pensamiento e innovaciones tecnológicas que hicieron progresar al mundo. Al mismo tiempo, la falta de competencia y estímulos fue adormeciendo el espíritu creador y emprendedor de nuestros jóvenes.
Las dos últimas décadas volvieron a repetir casi como un espejo embrujado este repliegue de la historia de los dos primeros siglos de nuestra vida como nación. Durante la década del 90 comenzamos a revertir nuestro aislamiento internacional y creamos condiciones para que la inversión interna y externa permitiera un rápido proceso de modernización de nuestras estructuras productivas. La buena relación de la Argentina con el mundo y el respeto de las normas internacionales rindieron sus frutos no sólo en términos de crecimiento económico y erradicación de la inflación, sino también en términos políticos. La Argentina ingresó en el Grupo de los 20, un ámbito de coordinación entre los gobiernos de las naciones para asegurar que la globalización permita acentuar el progreso y supere las crisis inevitables.
El rezago de las reformas sociales y políticas que hubieran sido necesarias para encontrar soluciones superadoras a la crisis económica que se inició en 1999, cuando nuestro país tuvo que soportar condiciones externas muy desfavorables y comenzaron a sentirse los efectos de la insuficiente disciplina fiscal y el excesivo endeudamiento, determinó que la salida de la crisis se lograra, en 2003, con una reversión del proceso de apertura hacia el mundo y el abandono de las reglas que habían favorecido a la inversión modernizadora de la economía en la década anterior.
Esta regresión no se dio en otros países. Sin ir mas lejos, Brasil, México, Colombia, Perú y Uruguay, que por la misma época habían comenzado a abrir sus economías y a introducir reformas económicas y sociales en la misma dirección, sufrieron crisis no muy diferentes de la nuestra, pero mantuvieron su compromiso con las normas que regulan las relaciones entre naciones y, lejos de revertir, perfeccionaron el clima favorable a la inversión modernizadora.
Esta diferente reacción frente a las dificultades que casi siempre enfrentan los procesos nacionales de apertura y modernización explica la gran diferencia que existe hoy en el estado de ánimo de los ciudadanos de estos dos grupos de naciones. Mientras en Brasil, México, Colombia, Perú y Uruguay reinan el optimismo y la esperanza de un futuro mejor, en la Argentina cunden el pesimismo y la desesperanza.
Resulta paradójico que en casi todos aquellos países el efecto negativo de la crisis global iniciada en los Estados Unidos en 2008 fue mucho más fuerte que en la Argentina y, sin embargo, ahora que ha comenzado la recuperación de la economía global, los países que se mantuvieron abiertos y con reglas amistosas hacia la inversión avizoran nuevamente un futuro de progreso, mientras que en nuestro caso ocurre lo contrario. Se manifiesta un angustiante estado de desorganización económica y social, al que se suma el evidente desafecto y desinterés de naciones y organizaciones que antes nos buscaban como socios o aliados y ahora, cuanto menos, nos ignoran. Hasta se han escuchado opiniones que objetan nuestra silla en el Grupo de los 20.
Doscientos años de historia, rica en contrastes y experiencias de todo tipo y susceptible de ser comparada con la de muchas naciones que enfrentaron desafíos semejantes, deberían ser suficientes para ayudarnos a identificar el camino que puede devolver progreso para nuestro pueblo y el respeto y la amistad del resto del mundo.
30 nov 2009
EL EJE BUENOS AIRES-WASHINGTON
por Diana Ferraro
(publicado en http://dianaferraro.blogspot.com/ Ago 13, 2009)
En estos días, el locuaz comandante venezolano que preside los destinos de su país y que ha tomado para sí la tarea de crear una isla sudamericana en el continente americano, declaró que el eje Caracas-Buenos Aires resulta esencial para el éxito de su proyecto. El Comandante Chávez tiene muchísima razón: si la Argentina no se prestase a obedecerle y a comprometerse junto a los presidentes de los otros países americanos que acompañan al comandante, su proyecto sería imposible de concretar, aún contando con el permisivo Brasil, siempre atento a lo que, a la larga, no puede sino favorecerlo entregándole el total del continente como una fruta madura. Por eso, la posición argentina es determinante y exige una completa revisión de la política continental, que alerte además a la población acerca de cuál es el mejor interés argentino.
Lejos están los años 90, durante los cuales se estableció una duradera alianza entre los Estados Unidos y la Argentina, que permitió a ésta emerger nuevamente como el país líder de las reformas modernistas y globalizadoras y retomar el rol que en los años 40 y 50 la habían puesto en la avanzada de las reformas sociales, con la creación de una amplísima y extendida, saludable y educada clase media, en un volumen y nivel sólo comparable a la de los Estados Unidos y Canadá. La alianza entre los dos países dominadores de los extremos continentales se quebró en 2001, por motivos geopolíticos (el desplazamiento de la atención estadounidense al terrorismo y a Medio Oriente post atentados del 11 de septiembre) y financieros (la renuencia de determinados factores de poder en la Argentina a completar la necesaria reforma federal y fiscal- tema aún pendiente y agravado post sucesos fin 2001). Desde entonces y hasta la actualidad bajo el gobierno de ambos Kirchner, se ha alimentado el prejuicio de que los males de la Argentina tienen su raíz en los mismos años que le permitieron la prosperidad y un esplendor continental, que ahora se juzgan como falsos o se niegan como inexistentes, y, sobre todo, en la imitación especular de los Estados Unidos, tanto en su sistema económico como en sus posiciones de política internacional. En verdad, la imitación sólo ha resultado nociva en tanto no fue completada y es ese proceso trunco el motivo real de la actual inviabilidad argentina. Un reconocimiento de esta realidad separara de modo automático las dos problemáticas que se suele unir interesadamente para acentuar el supuesto rol maléfico de los Estados Unidos y permite así discutir por separado la política exterior de la Argentina.
Como parte del dispositivo colonial informal del imperio británico durante el siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte, la Argentina conoció los beneficios de formar parte de un dispositivo global. Su increíble enriquecimiento y despliegue como potencia productora de alimentos sentó las bases de un posicionamiento e influencia a nivel planetario. Esa misma tradición sirve hoy en lo que hace al lugar de la Argentina en la nueva economía planetaria y su rol de productora de soja para China y otras potencias asiáticas, constituye el mejor ejemplo. En el continente americano, su rol posterior fue muy diferente: además de conductora y ejemplo político de las reformas, la Argentina acumuló una vasta experiencia como exportadora de bienes culturales a toda Hispanoamérica, atendiendo así un mercado que los Estados Unidos recién en los últimos años están comenzando a descubrir, tras las huellas de México, su socio en el NAFTA. Triunfadora sobre un Brasil lusoparlante, la Argentina tiene aún, en este tipo de industrias y en su influencia cultural hispánica, la llave de liderazgo continental, esa que con mucha picardía hoy usa el Comandante Chávez, a instancia del otro maestro de la manipulación continental por las vías oscuras, Fidel Castro. Esta es la llave que la Argentina debe recuperar, este es el rol que histórica y geopolíticamente le toca jugar y el socio adecuado para hacerse de la llave y cumplir el rol, no es otro que los Estados Unidos. No es Brasil, no es Venezuela, ni es, mucho menos, Cuba. Es difícil para la Argentina volver a su posición correcta internacional cuando la mayoría de la prejuiciosa y políticamente inculta población dice detestar a quien mejor nos puede ayudar y se deshace en loas a quienes conviene que renunciemos a ocupar nuestro lugar. De la fatal ignorancia de los Kirchner, mejor no hablar: su pobrísima visión del mundo ha hundido a la Argentina en lo económico y, en estos días de crisis continental, amenaza con hundirla también en el barro de una guerra impropia.
Es lamentable que no se discutan las alianzas militares de forma abierta, ya que esto es lo que está por debajo de las famosas bases -o no bases- norteamericanas en Colombia y quiénes están o van a estar juntos y a favor de qué, ya no en América del Sur sino en el total del continente. Colombia es la próxima pieza del dispositivo continental quebrado con el fracaso del ALCA (en Argentina, Mar del Plata 2005, con Kirchner en contra de Bush y a favor de Chávez). Ya está desde hace mucho tiempo en funciones el NAFTA, desde hace muy poco está en su sitio el CAFTA y ahora es el inevitable turno de América de Sur: ¿un SAFTA que se inicia “de prepo” en Colombia? Se usa un lenguaje militar para subrayar lo que dejó de ser un lenguaje comercial y político a partir de la beligerancia de Chávez y de sus compromisos militares con Irán y Rusia que comprometen a todo el continente, y ¡sí! ¡a la Argentina también!
Para la Argentina, el reestablecimiento de un informal eje Buenos Aires- Washington por parte de la oposición peronista-liberal, que subraye la oposición al eje de los Kirchner , Caracas-Buenos Aires, no hará sino tender la red de salvación necesaria que impida que la Argentina se estrelle al caer con unos Kirchner que irán en picada hasta el último subsuelo. También ayudará a los Estados Unidos, siempre ligeramente fuera de registro con la sensibilidad latinoamericana. Finalmente, el nuevo eje dará a los argentinos la posibilidad de enrolarse civilmente en la defensa de la más sensata de las posiciones y de reflexionar sobre algunos prejuicios que, en tiempos de guerra, sólo funcionan como ataques a la propia integridad.
(publicado en http://dianaferraro.blogspot.com/ Ago 13, 2009)
En estos días, el locuaz comandante venezolano que preside los destinos de su país y que ha tomado para sí la tarea de crear una isla sudamericana en el continente americano, declaró que el eje Caracas-Buenos Aires resulta esencial para el éxito de su proyecto. El Comandante Chávez tiene muchísima razón: si la Argentina no se prestase a obedecerle y a comprometerse junto a los presidentes de los otros países americanos que acompañan al comandante, su proyecto sería imposible de concretar, aún contando con el permisivo Brasil, siempre atento a lo que, a la larga, no puede sino favorecerlo entregándole el total del continente como una fruta madura. Por eso, la posición argentina es determinante y exige una completa revisión de la política continental, que alerte además a la población acerca de cuál es el mejor interés argentino.
Lejos están los años 90, durante los cuales se estableció una duradera alianza entre los Estados Unidos y la Argentina, que permitió a ésta emerger nuevamente como el país líder de las reformas modernistas y globalizadoras y retomar el rol que en los años 40 y 50 la habían puesto en la avanzada de las reformas sociales, con la creación de una amplísima y extendida, saludable y educada clase media, en un volumen y nivel sólo comparable a la de los Estados Unidos y Canadá. La alianza entre los dos países dominadores de los extremos continentales se quebró en 2001, por motivos geopolíticos (el desplazamiento de la atención estadounidense al terrorismo y a Medio Oriente post atentados del 11 de septiembre) y financieros (la renuencia de determinados factores de poder en la Argentina a completar la necesaria reforma federal y fiscal- tema aún pendiente y agravado post sucesos fin 2001). Desde entonces y hasta la actualidad bajo el gobierno de ambos Kirchner, se ha alimentado el prejuicio de que los males de la Argentina tienen su raíz en los mismos años que le permitieron la prosperidad y un esplendor continental, que ahora se juzgan como falsos o se niegan como inexistentes, y, sobre todo, en la imitación especular de los Estados Unidos, tanto en su sistema económico como en sus posiciones de política internacional. En verdad, la imitación sólo ha resultado nociva en tanto no fue completada y es ese proceso trunco el motivo real de la actual inviabilidad argentina. Un reconocimiento de esta realidad separara de modo automático las dos problemáticas que se suele unir interesadamente para acentuar el supuesto rol maléfico de los Estados Unidos y permite así discutir por separado la política exterior de la Argentina.
Como parte del dispositivo colonial informal del imperio británico durante el siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte, la Argentina conoció los beneficios de formar parte de un dispositivo global. Su increíble enriquecimiento y despliegue como potencia productora de alimentos sentó las bases de un posicionamiento e influencia a nivel planetario. Esa misma tradición sirve hoy en lo que hace al lugar de la Argentina en la nueva economía planetaria y su rol de productora de soja para China y otras potencias asiáticas, constituye el mejor ejemplo. En el continente americano, su rol posterior fue muy diferente: además de conductora y ejemplo político de las reformas, la Argentina acumuló una vasta experiencia como exportadora de bienes culturales a toda Hispanoamérica, atendiendo así un mercado que los Estados Unidos recién en los últimos años están comenzando a descubrir, tras las huellas de México, su socio en el NAFTA. Triunfadora sobre un Brasil lusoparlante, la Argentina tiene aún, en este tipo de industrias y en su influencia cultural hispánica, la llave de liderazgo continental, esa que con mucha picardía hoy usa el Comandante Chávez, a instancia del otro maestro de la manipulación continental por las vías oscuras, Fidel Castro. Esta es la llave que la Argentina debe recuperar, este es el rol que histórica y geopolíticamente le toca jugar y el socio adecuado para hacerse de la llave y cumplir el rol, no es otro que los Estados Unidos. No es Brasil, no es Venezuela, ni es, mucho menos, Cuba. Es difícil para la Argentina volver a su posición correcta internacional cuando la mayoría de la prejuiciosa y políticamente inculta población dice detestar a quien mejor nos puede ayudar y se deshace en loas a quienes conviene que renunciemos a ocupar nuestro lugar. De la fatal ignorancia de los Kirchner, mejor no hablar: su pobrísima visión del mundo ha hundido a la Argentina en lo económico y, en estos días de crisis continental, amenaza con hundirla también en el barro de una guerra impropia.
Es lamentable que no se discutan las alianzas militares de forma abierta, ya que esto es lo que está por debajo de las famosas bases -o no bases- norteamericanas en Colombia y quiénes están o van a estar juntos y a favor de qué, ya no en América del Sur sino en el total del continente. Colombia es la próxima pieza del dispositivo continental quebrado con el fracaso del ALCA (en Argentina, Mar del Plata 2005, con Kirchner en contra de Bush y a favor de Chávez). Ya está desde hace mucho tiempo en funciones el NAFTA, desde hace muy poco está en su sitio el CAFTA y ahora es el inevitable turno de América de Sur: ¿un SAFTA que se inicia “de prepo” en Colombia? Se usa un lenguaje militar para subrayar lo que dejó de ser un lenguaje comercial y político a partir de la beligerancia de Chávez y de sus compromisos militares con Irán y Rusia que comprometen a todo el continente, y ¡sí! ¡a la Argentina también!
Para la Argentina, el reestablecimiento de un informal eje Buenos Aires- Washington por parte de la oposición peronista-liberal, que subraye la oposición al eje de los Kirchner , Caracas-Buenos Aires, no hará sino tender la red de salvación necesaria que impida que la Argentina se estrelle al caer con unos Kirchner que irán en picada hasta el último subsuelo. También ayudará a los Estados Unidos, siempre ligeramente fuera de registro con la sensibilidad latinoamericana. Finalmente, el nuevo eje dará a los argentinos la posibilidad de enrolarse civilmente en la defensa de la más sensata de las posiciones y de reflexionar sobre algunos prejuicios que, en tiempos de guerra, sólo funcionan como ataques a la propia integridad.
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PANORAMA POLÍTICO SEMANAL
por Jorge Raventos
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ANESTESIA SIN CIRUGÍA
por Diana Ferraro
PRODUCCIÓN Y CONSUMO: UN DILEMA ARGENTINO
por Víctor E. Lapegna
2011: ¿Y AHORA QUÉ?
por Diana Ferraro
UNA LECTURA DE LA BATALLA DE VILLA SOLDATI
por Victor E.Lapegna
LA MALA VIDA
por Claudio Chaves
LA RESTAURACIÓN LIBERAL
por Diana Ferraro
A GRANDES MENTIRAS, GRANDES VERDADES
por Diana Ferraro
LA MUERTE DE KIRCHNER PRIVA AL GOBIERNO DE SU VIGA MAESTRA
por Jorge Raventos
LA UNIFICACIÓN DEL PERONISMO
por Diana Ferraro
RETENCIONES: NO A LA SEGMENTACIÓN
por Gabriel Vénica
EL TIEMPO DE LOS POROTOS
por Diana Ferraro
KIRCHNER: CAPITALISMO DE AMIGOS Y PARTIDO DEL ESTADO
por Pascual Albanese
EL PERONISMO LIBERAL Y MAURICIO MACRI
por Diana Ferraro
ARGENTINA EN LA ECONOMIA GLOBAL - I y II
por Domingo Cavallo
EL PERONISMO LIBERAL Y EL DERECHO DE FAMILIA
por Diana Ferraro
EL DESFILADERO
por Diana Ferraro
HUMOR
por Enrique Breccia
ANOTACIONES SOBRE LOS CAMBIOS EN EL AGRO ARGENTINO (DE ANCHORENA A GROBOCOPATEL)
por Daniel V. González
EL DISCURSO SIN CANDIDATO
por Diana Ferraro
LA SECRETARÍA DE CULTURA Y EL RETROPROGRESISMO
por Claudio Chaves
DESCENTRALIZACIÓN: LA LLAVE DE LA NUEVA ECONOMÍA
por Diana Ferraro
LA V DE LA VENGANZA
por Claudio Chaves
ALGUNOS PROBLEMAS DEL POPULISMO
por Daniel V. González
PERONISMO PORTEÑO: PROPUESTA
por Victor Eduardo Lapegna
LA REVOLUCIÓN SIN NOMBRE
por Diana Ferraro
FEDERALISMO O POPULISMO
por Claudio Chaves
ELOGIO DE LA VERDAD
por Diana Ferraro
CONDUCCIÓN, CONDUCCIÓN
por Diana Ferraro
EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO
por Claudio Chaves
LOS BOQUETEROS Y EL PERONISMO FEDERAL
por Diana Ferraro
QUÉ QUEDÓ DE LA VIEJA IZQUIERDA
por Claudio Chaves
EL CAPITAL POLÍTICO
por Diana Ferraro
LOS MOTORES DEL CAMBIO
CIPPEC
DINERO Y CRÉDITO
por Domingo Cavallo
RETENCIONES CERO
por Gabriel Vénica
LOS MOTORES DEL CAMBIO
Los Productores Autoconvocados
LA AGONÍA ARGENTINA
por Diana Ferraro
10 RAZONES FEDERALES PARA DECIRLE NO AL AUMENTO DE LOS IMPUESTOS
por Gabriel Vénica
EL CAPITAL DEL PUEBLO
por Diana Ferraro
EL PODER EJECUTIVO DESAFÍA LA LEGALIDAD
por el Senador Carlos Saul Menem
LA HOJA DE RUTA DEL PERONISMO LIBERAL
por Diana Ferraro
EL PERONISMO Y UN NUEVO BLOQUE HISTÓRICO
por Jorge Raventos
DOCUMENTO CONFEDERACIÓN DE AGRUPACIONES PERONISTAS PORTEÑAS
LA FUSIÓN PERONISTA-LIBERAL
por Diana Ferraro
EL LIBERALISMO Y LA CONSTRUCCIÓN DE PODER
por Jorge Raventos
CONSENSO PARA EL PROGRESO
por Domingo Cavallo
UNA REORGANIZACIÓN DEMOCRÁTICA DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS
por Víctor Eduardo Lapegna
LA PRUEBA HISTÓRICA DE UN FRAUDE INTELECTUAL
por Domingo Cavallo
A LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO MODELO PRODUCTIVO Y DEL BIENESTAR
por Armando Caro Figueroa
LA POBREZA EN LA ARGENTINA Y COMO COMBATIRLA
por Víctor E. Lapegna
ES MEJOR SUBSIDIAR LA NUTRICIÓN
por Juan J. Llach y Sergio Britos
PRESENTACIÓN DE PERONISMO LIBRE
por Diana Ferraro
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